jueves, 15 de julio de 2010

Capítulo 64.


Actualmente, daría todo lo posible por volver a ver la cara de Lisa cuando Michael le dedicó aquellas palabras.
En ese momento, sin embargo, no sé cual de las dos se sorprendió más; si ella, o yo. Mi oponente no tardó demasiado tiempo en recomponer su expresión. Frunció los labios y entrecerró los ojos.

-Muy bien-dijo con frialdad-en ese caso me iré.

Miré a Michael intentando preveer su reacción, pero únicamente se limitó a asentir con la cabeza y a pronunciar una frase carente de emoción:

-Le diré al chófer que lleve de vuelta las maletas a tu casa.

Ella no respondió. Pasó por mi lado sin pronunciar palabra. La tensión en el ambiente era casi palpable. No encontré el valor para seguirla con la mirada, por lo que clavé la vista en el suelo, a la espera de que se marchara. Tras unos minutos...

-Ya se ha marchado-murmuró Michael.

Y casi en el momento, me sepultó en un abrazo en el que prácticamente me dejó sin respiración. Respondí agradecida a esa muestra de afecto, pues llevaba mucho tiempo ansiándola. No importaba cuánto tiempo transcurriera, siempre me encantaba la sensación de estar entre sus brazos, de sentirme segura, de escuchar los latidos de su corazón. Tras unos minutos, me separé de él, y le contemplé sonriente. Aunque claro está, mi sonrisa no fue nada en comparación a la suya, capaz de eclipsar al mismísimo sol.

-De vuelta en Neverland.

-No-me corrigió-de vuelta en casa.

Me ofreció su mano, y yo la cogí sin pensarlo si quiera, sonriendo con ganas. Las siguientes horas paseando por los prados de Neverland no fueron mágicas, ni preciosas...fueron necesarias. Porque necesitábamos desde hacía mucho tiempo estar él y yo, sin nadie alrededor. Yo necesitaba volver a sentir a MI Michael, sentir que nada había cambiado. Conversamos de mil cosas, y de ninguna a la vez. Bromeámos, nos peleamos, y siempre nos perdonábamos entre cosquillas y dulces miradas. Aquello era lo que siempre había soñado, desde el primer momento. Cuando decidimos volver, ya estaba empezando a hacer calor, por lo que aligeramos el paso. Me detuve a unos metros de la casa, y miré a mi alrededor. Michael se paró unos pasos por delante de mí, observándome con curiosidad.

-¿Qué ocurre?

-Recuerdo este lugar- comenté divertida.

Él permaneció en silencio, y luego esbozó una sonrisa torcida.

-Sí, yo también. Aquí fue donde me estampaste aquel globo de agua, verdad?

Dejé escapar una carcajada.

-¡Sí...!

-Ahora que lo pienso-susurró él mientras se acercaba a una caja que se encontraba a unos 10 metros de nosotros-nunca tuve mi justa revancha.

-¿Te pareció poca revancha cuando me tiraste al suelo y...?

-Eh, de eso nada- me interrumpió-te caíste tu sola...

-Mentiroso...

Mucho antes de que pudiese darme cuenta, Michael sacó una pistola de agua y me apuntó con ella.

-Michael, ni se te ocurra-le advertí.

Él comenzó a reírse, lo que provocó que me quedara mirándole embobada, y justo en ese momento un chorro de agua me empapó toda la cara.
Me quedé sin reaccionar un par de segundos, mientras escuchaba como Michael se desternillaba de risa. Me sequé el rostro con la manga de mi camiseta y le taladré con la mirada.

-Muy bien. Tú lo has querido.

Michael echó a correr, y yo le seguí como buenamente pude, teniendo en cuenta que mis condiciones físicas eran mucho más pésimas que las suyas. Y evidentemente, y como no podía ser de otra forma, me caí a los cincuenta metros. Intenté ignorar sus carcajadas mientras me levantaba y me sacudía la hierba con toda la dignidad posible. Comencé a caminar sin saber muy bien a dónde me dirigía.

-¿A dónde vas?-le oí preguntar.

-A casa, ya que me has puesto perdida.

-Pero si no es por ahí...

Me giré, para soltarle una contestación ingeniosa, y al verle de repente tan cerca de mí la frase se quedó estancada en la garganta. Puse mis manos en su pecho par apartarle, pero él las sujetó con firmeza. Podía sentir el latir frenético de su corazón, el calor que irradiaba su cuerpo. Le miré a los ojos, y perdí todo atisbo de orgullo y dignidad. Me contempló con dulzura, y como si hubiese adivinado mis pensamientos, me rodeó de nuevo con sus brazos, fundiendo nuestras figuras en un cálido abrazo.

-Cuánto te he echado de menos-susurró cerca de mi oído.

Sonreí y volví a mirarle, y por primera vez en mucho tiempo, vi el reflejo del fuego en sus ojos. ¿Si le besé? Podría haberlo hecho, por supuesto.
Pero algo me decía, que aquel no era el momento, que habría otro más indicado para ello.

Y estaba en lo cierto.

viernes, 9 de julio de 2010

Capítulo 63.


Después de aquello, Michael no me dejó si quiera acercarme al hospital. "Déjame a mí encargarme de todo", había dicho.

No teníamos tiempo, así que a Michael no le quedó más remedió que coger su coche particular. No pude evitar reírme cuando le ví sentado en el asiento del conductor, frunciendo el ceño de pura concentración.

- El Rey del Pop no sabe conducir- me burlé.

Me fulminó con la mirada.

-Sí que sé, lo que pasa es que llevo varios meses sin coger ningún coche.

-Bla, bla, bla...

Antes de darme cuenta, ya tenía a Michael sobre mí, haciéndome cosquillas.

-¡Michael!¡paraaa! -grité entre risas espasmódicas.

Se separó de mí y me miró con aire de autosuficiencia.

- Ya verás como la próxima vez te lo pensarás dos veces antes de burlarte del Rey del Pop.

Se me ocurrió un comentario ingenioso, pero me mordí la lengua. Aunque necesitara más que nada reírme, aquel no era el momento, y tampoco disponíamos de tiempo.
Tras varios minutos de intentos, Michael consiguió arrancar el coche.
Tuve que reconocer que una vez en autopista, tenía un total dominio sobre la carretera. No iba demasiado deprisa, estaba atento a todas las señales, el tráfico...
Paramos frente a mi casa. Salí del coche y me apoyé en la ventanilla para despedirme de él.

-No creo que me lleve mucho tiempo arreglar las cosas. ¿En un par de horas tendrás todo preparado?

-Sí

-Pero Isa...-continuó- Hay algo que no entiendo. ¿De veras no quieres ir al entierro?

Asentí con la cabeza.

-Completamente. Mike, prefiero tener presente a mi amigo como yo le recuerdo, lleno de vida, sonriendo, haciendo bromas...esa es la imagen que quiero que perdure. No la de su ataúd.

Caviló unos instantes.

-Está bien.

-Pídele perdón a Judith de mi parte por no poder estar.

-Estoy seguro de que te comprenderá.

-Y Michael...

-¿Sí?

-Dale esto para que se lo pongan a James.

Me recogí el pelo con una mano, y con la otra, desabroché la cadena de un collar que llevaba desde hacía 4 años...el mismo que me regaló James el día de mi cumpleaños. Michael extendió el brazo y lo deposité en su mano. Sonrió casi de un modo imperceptible, y después arrancó el coche, perdiéndose entre la lluvia.

Entré en el apartamento inmersa en mis pensamientos. En ese momento, me embargaban una contradicción de sentimientos. Por un lado, me inundaba una tristeza inmesurable por la pérdida de mi mejor amigo. Pero por el otro, la mayor de las esperanzas, al ver que Michael y yo, aunque fuera poco a poco, volvíamos a ser los de antes. Entré en mi dormitorio. Mi vista se fijó en un CD arrojado sobre la cama. Lo observé con curiosidad: Dangerous.
Sonreí. ¿Cuál era el mejor remedio para aleja la tristeza? Música. SU música. Siempre había sido así. Puse el equipo de música y seleccioné el reproductor aleatorio. La fuerza de "Keep The Faith" resonó por toda la habitación. ¿Coincidencia? No lo creí. No había ningún mensaje más claro que el que contenía esa canción.

No tardé en prepararme la maleta, así como tampoco tardo Michael mucho tiempo en llegar. Al cabo de una hora, llamó a la puerta. Arrastré con dificultad la maleta hasta la entrada. Abrí la puerta de un tirón, con una ansiedad que estaba olvidada en mi interior. Y allí estaba él, mi milagro personal, mi ángel, sonriendo como sólo él sabía hacerlo.

El viaje transcurrió en silencio, pues ambos estábamos nerviosos ante la expectativas de volver a vivir juntos, como antaño. Pero claro...no todo iba a ser tan sencillo. Al llegar a Neverland y bajar del coche, visualicé a Lisa a unos 50 metros, cruzada de brazos. Al verme, caminó hacia mí con rapidez. Michael previó sus movimienos y se colocó delante de mí.

-¿Qué hace ella aquí? -preguntó Lisa.

-Viene a quedarse una temporada- contestó Michael con una seriedad y un aplomó que me dejó boquiabierta.

Ella me observó despectivamente.

-Pues... no se puede quedar. Te recuerdo que estamos casados y que las decisiones las tenemos que tomar entre los dos.

-Me parece perfecto, Lisa. Pero te recuerdo una cosa: Esta es MI casa. Y sí, puede que tú seas mi esposa, pero ella es mi amiga. Así que si no te gusta puedes irte...

-Michael...-interrumpí con un hilo de voz- no es necesario, de verdad. Puedo irme...

-No- dijó con decisión.

Lisa abrió los ojos con sorpresa ante las palabras de Michael.

-¿Me estás echando?

-No-contestó él.- te estoy diciendo que no me hagas elegir entre tú y ella. Porque puedes no ganar.

jueves, 8 de julio de 2010

Capítulo 62.


Apenas tuve tiempo de reaccionar, pues Michael me arrancó el teléfono de la mano y me sujetó por los hombros, incrustando sus preocupados ojos negros en los míos.

-¿Te ha dicho algo más?- quiso saber.

Negué con la cabeza.

-Vale, pues...voy a llamar a Judith para preguntarle la dirección del hospital. Isa...¿estás bien?

No respondí. Caminé hacia una de las ventanas y allí me quedé, quieta como una estatua, mirando a través del cristal. Al otro lado, en el bosque, había comenzado a llover. Mis ojos se llenaron de lágrimas, lágrimas que manifestaban mi miedo a la más que probable pérdida de James.
Independientemente de que no correspondiera a sus sentimientos, no podía olvidar que era mi mejor amigo. Que había sido ÉL quien me había salvado de no caer en la más absoluta de las depresiones. Que había sido Él quien había conseguido que volviera a sonreír.
A lo largo de mi vida, había visto como mis seres queridos, tanto amigos como familiares, habían desaparecido delante de mis ojos por diversos motivos. Y no había suceso que me aterrorizara más, que la pérdida de alguien que había sido imprescindible para mí.
Los brazos de Michael me rodearon la cintura, a la vez que apoyaba su mentón en mi clavícula. Como si de un antiguo hechizo se tratase, su tacto me produjo una sensación de calidez, una calidez capaz de disipar mis más angustiosos miedos.
Elevé la comisura de mis labios, esbozando una pequeña sonrisa.
Me giré sobre mis talones y contemplé a Michael, que me observaba con tristeza.

-Será mejor que llames a Judith. No podemos permitirnos llegar tarde.

Él seguía sosteniendo el móvil, pero no realizó ademán alguno de llamar a Judith, de hecho, únicamente tenía ojos para mí en ese momento. Alzó su mano derecha con indecisión, y la apoyó con suavidez sobre mi mejilla. Mi mente reaccionó de forma inmediata ante ese estímulo, ordenando a mi cuerpo acercarse al suyo.

Nos contemplamos durante un largo periodo de tiempo, sin decir nada. Aunque a decir verdad, tampoco era necesario. Sólo con mirarle podía sentirle dentro de mí, proporcionándome el apoyo y el soporte que necesitaba.

Eso siempre me había ocurrido,años atrás. Los meses en los que viví esa horrible pesadilla, en el 2009, el mayor consuelo era salir a la calle. Caminaba durante horas, hasta encontrar un sitio donde sentarme. Y una vez allí, alzaba la cabeza, y miraba al cielo. Era en aquellos momentos en el que sentía a Michael en mi interior, momentos en los que casi podía percibir sus dulces palabras, su consuelo. Siempre había sido así. Aunque no hubiera estado físicamente presente, siempre le había sentido a mi lado, alentándome a sonreír.

El móvil volvió a sonar. Michael, como impulsado por un resorte, se separó de mí para mirar la pantalla del móvil.

-Es Judith- murmuró.

Descolgó la llamada y se fue al otro lado del salón. Siguió hablando con Judith sin despegar su mirada de mí. Y fue entonces, cuando un sólo gestó por su parte, me desveló el contenido de la conversación. Sólo cuando ví a Michael entornar sus ojos, fui consciente de lo que había sucedido.

-James...-sollocé.

Las piernas me flaquearon, y me desplomé en el suelo. Percibí el susurro de la voz de Michael despidiéndose de Judith, así como el peso de su cuerpo cuando me abrazó. No había palabras de consuelo por su parte, únicamente sus dulces caricias.

Dejó que llorara todo lo que me hiciera falta, tanto tiempo como necesitara, con tal de purgar aquella pérdida en mi interior.

No recuerdo cuanto duró aquel lapso de tiempo, sólo sé que cuando dejé de llorar, él sujetó mi mentón con su mano, y lo alzó con delicadeza.

-¿Cómo estás?- preguntó.

Me encogí de hombros.

-No lo sé.- mi voz sonaba ronca.

-Isa...-susurró.

Elevé mi mirada hasta encontrarme con sus ojos.

-Quiero que vengas conmigo.

-¿Ir? ¿A dónde?

-A Neverland.

Negué con la cabeza.

-No es una buena idea. Lisa...

Michael presionó uno de sus dedos contra mis labios.

-No me importa lo que diga Lisa. No te voy a abandonar, no en este momento.

-Michael...estaré bien, de verdad. Sólo tendré que acostumbrarme a...

No preví sus movimientos. Antes de que pudiera darme cuenta, nos fundimos en un tierno beso, momento en el cual mi mente dejó de funcionar, cosa que pasaba a menudo cada vez que él me besaba. ¿Debería sentirme culpable? Seguramente. Recibir la noticia de la muerte de mi mejor amigo, y horas después, besarme con Michael, sin duda no eran signos de ser una buena persona.
Fue él quien cortó la magia. Fruncí el ceño, contrariada. Y esbocé una sonrisa al escucharle reír.

-Pero...

-Shhh...te vendrás conmigo.

-Michael...

En vez de responderme, entonó la frase de una canción. Una canción que desde la primera vez que la escuché, supe que era única.

-whenever you need me, I'll be there... Tú has dicho que estarás conmigo hasta el final, ¿no?, déjame hacer lo mismo por tí.

jueves, 24 de junio de 2010

Cuestión de horas.


Tengo miedo.
¿Conoces esa sensación...cuando estás a escasas horas de un momento crítico, en la cual el pecho se te oprime, no tienes apetito, pero tampoco sed. Esa sensación que te provoca naúseas, que te obstruye la garganta, impidéndote hablar. La misma que hace que te piquen los ojos, que te eches a llorar, a gritar de la impotencia.¿La conoces? se le llama miedo.
Miedo a SU AUSENCIA.


Comienza mi desmoronamiento.


Lo siento chicas...pero hoy y mañana...me será imposible subir capítulos.

Sencillamente, no puedo.

martes, 22 de junio de 2010

Capítulo 61.


En ese momento, enfadarme no tenía demasiado sentido, ya que no encontraba la fuerza para ello, por lo que me dediqué a taladrarle con la mirada. Él sólo me devolvió una angelical sonrisa.

-He estado preparando unas tostadas. ¿Te gustan?

-Te odio, Michael. ¿Por qué me haces esto?

-Yo no he hecho nada. Has empezado tú.

Fruncí los labios con fuerza. ¿Por qué siempre tenía que llevar la razón en todo?

-Pero luego tú me has besado.

Volvió a reír, sólo que en esta ocasión con desdén.

-No, ha debido ser imaginación tuya. Con ese golpe que te has dado, no me extrañaría que deliraras.

Abrí la boca, sorprendida. Estaba completamente segura de que no habían sido imaginaciones mías, pues aún sentía el tacto de sus labios sobre mi cuello. Pero aún así…verle tan sumamente convencido de sí mismo me hacía dudar a mí.

-Pero…

-Mira, te voy a decir lo que ha pasado. Te has dado un buen golpe, y te has desmayado. Fin del asunto.

Analicé su mirada, en busca de alguna respuesta oculta, pero no hallé nada más allá de sus penetrantes ojos negros.

-Puede que tengas razón.

-Siempre la tengo. Bueno patosa, dime qué quieres de desayunar.

-Un café, por favor.

Durante el desayuno no hubo ningún incidente. Estuvimos hablando de su carrera, de su última gira, y del proyecto de su nuevo disco. El incidente de por la mañana parecía habérsele olvidado, pero no podía decir lo mismo de mí. Aún seguía dándole vueltas. No solía tener sueños tan vividos y reales. A mitad de la conversación, percibí que Michael me observaba con más atención de la que me tenía acostumbrada.

-Emmm… ¿me he manchado?

Él soltó una carcajada, negando con la cabeza.

-No, boba. Es sólo que hay una cosa que me llama la atención.

-¿El qué?

En vez de responder, se sentó a mi lado y acarició con suavidad mi rostro. Me aparté ligeramente, asegurándome así de que me asaltaran las ganas de besarle.

-Es sólo que…no has cambiado nada. Mírate. Eres la misma de hace 5 años.

Me sonrojé, pero no por sus palabras. Si no por el miedo que me daba que pudiera sospechar algo.

-Supongo que me conservo mejor que tú- contesté sacándole la lengua.

-Boba- se carcajeó mientras me daba un leve empujón.- al final tendré razón.

-¿Razón en qué?

- En que eres mi Campanilla

Sonreí con tristeza al recordar aquel año, el año en el que empezó todo. El año en el que nos conocimos, en el que surgió una nueva amistad, una nueva historia de amor. Michael lo notó y me rodeó con sus brazos.

-Lo echas de menos, ¿verdad?

Asentí, y no pude evitar que una lágrima cayera por mi mejilla. Agaché la cabeza y le escuché sonreír. Con sus dedos retiró con dulzura la lágrima de mi rostro.

-Era todo tan sencillo Mike…-un escalofrío me recorrió al pronunciar ese diminutivo. La última vez que le había llamado así fue en Egipto- éramos sólo tú y yo. Amigos, pareja…eso es lo de menos. Pero éramos los 2 juntos, pasase lo que pasase.

-Yo también extraño esos momentos. Pero no podemos hacer nada. Tú has rehecho tu vida…y yo la mía. No podemos volver atrás en el tiempo.

“Ya, seguro….”pensé para mis adentros. Menuda ironía.

En esa ocasión fui yo la que no dijo nada. Seguí con la cabeza agachada, con la mirada perdida…con la mente en…neverland. En Egipto, en Madrid, en sus labios, en su sonrisa. Me iba a volver loca de seguir en esa situación. Escuché a Michael suspirar.

-No sé qué hacer, pequeña.

Levanté la mirada y le observé un periodo de tiempo inmensurable.

-Vámonos.

Él sostuvo mi mirada, apenas sin parpadear.

-¿A dónde?

-No importa. Vámonos. Los 2 solos. Como al principio.

-¿Cómo sé que no te volverás a ir?

Con aquella pregunta me desarmó. Efectivamente, y una vez más, tenía toda la razón del mundo. Y muy a mi pesar, tenía que aceptar que todo lo que había sucedido, si nos habíamos separado, era culpa mía. O de Eric, en su defecto. Pero aquella vez no volvería a suceder, me lo juré a mí misma. Tomé las manos de Michael entre las mías. Le miré, y en sus ojos pude ver una vez más ese debate interno.

-¿No lo recuerdas, Michael? Te lo dije…y lo mantendré. Siempre estaré contigo. Hasta el final.

Deseé con todas mis fuerzas que me creyera, que dejara de dudar en mis palabras. Michael suspiró e inhaló profundamente, por lo que supe que estaba a punto de contestar.

Mi móvil vibró. Miré la pantalla: Judith.

-Cógelo- susurró Michael – puede ser importante.

Resoplé y contesté de mala gana.

-Dime.

Escuché el llanto angustioso de Judith al otro lado de la línea. Súbitamente, me alarmé.

-Judith, ¿estás bien? ¿Qué ha pasado?

-Es James. Ha tenido un accidente. Y los médicos no saben si va a salir de ésta.

domingo, 20 de junio de 2010

Capítulo 60.


La claridad del día llegó hasta mis ojos, obligándome a abrirlos. Con un gran esfuerzo por mi parte, lo hice. Y con gran incredulidad descubrí que desconocía el sitio en el que me entoncontraba. No era mi apartamento, ni la casa de James...ni Neverland, desgraciadamente. Me incorporé para observar con más detalle el lugar en el que yacía. Se trataba de una pequeña habitaciión, cuyas paredes estaban pintadas de un amarillo pálido. Percibía el piar de los pájaros, pues la ventana (de aspecto claramente rústico), se encontraba abierta. Me asomé a la ventana. ¿Dónde me encontraba? Lo único que rodeaba la pequeña casa era un extenso campo, con flores de todos los colores y tamaños posibles. Inspiré con profundidad, llenando mis pulmones de aquel aire puro. Un ruido procedente desde fuera de la habitación captó mi atención. Giré con lentitud y abandoné la habitación. Atravesé un pequeño pasillo hasta llegar a unas escaleras de caracol. Me sentía fascinada por la belleza y encanto de esa pequeña casa...me recordaba a las casas de los cuentos de hadas, tales como la cenicienta, Blancanieves...
Un agradable olor a tostadas ascendió por la escalera. Me sonaron las tripas, lo cual no me extrañó, pues el día anterior no había probado bocado.
Descendí las escaleras de dos en dos, trastabillando en el último par de escalones, y cayendo de una forma muy poco elegante sobre el suelo de madera, golpeándome la cabeza fuertemente sobre él. Escuché unos pasos acercándose hacia donde yo me encontraba. Me dolía muchísimo la cabeza, así que cerré los ojos. Percibí como alguien se arrodillaba a mi lado. No me hizo falta mucho tiempo para darme cuenta de quien se trataba.

-Oh, dios...¿estás bien?- preguntó Michael alarmado.

-Sí...no...la verdad es que me duele un poco la cabeza.

-Déjame ver.

Abrí los ojos y observé su expresión preocupada, mientras me retiraba la mano de la cabeza. Chasqueó la lengua.

-Te has dado un buen golpe...de hecho...estás sangrando.

-Oh, genial.- farfullé.

Apoyé las manos en el suelo, intentando levantarme, pero la mano firme de Michael sobre mi hombro me lo impidió.

-No te muevas.

No me dió tiempo a responder. Me cogió en brazos y me depositó con suavidad sobre un sofá. Algo húmedo resbaló por mi mejilla. Lo recogí con el dedo y lo examiné: sangre. La habitación comenzó a darme vueltas.

-Ahora vuelvo.-susurró.

Volví a cerrar los ojos, pues sólo así conseguía hacer desaparecer el dolor. En apenas un par de minutos, escuché a Michael a mi lado, comenzó a limpiarme la sangre con un paño húmedo. Mi cuerpo agradeció ese tacto, permiténdome abrir los ojos. Y allí estaba él, mi milagro personal, cuidándome la herida con sumo cuidado.

-Michael...

-¿Sí?

-¿Dónde estamos?

-Pues...ayer te iba a llevar a tu casa, pero vi que no llevabas llaves. Así que te he llevado a uno de mis escondites.

-¿Cuántos escondites tienes?- pregunté frunciendo el gesto.

Él rió con suavidad.

-Cientos, de cientos, de cientos...bueno, la herida ya ha dejado de sangrar. ¿Cómo te encuentras?

Me incorporé rápidamente, lo que provocó que me mareara, volviendo a caer sobre el sofá. Michael frenó la caída con sus brazos, sosteniéndome. De nuevo apenas había distancia existente entre nosotros. Ninguno de los 2 se movió. Observé sus labios entreabiertos, que previamente habían sido humedecidos. Desconocía el motivo, pero mi respiración se agitó, a la vez que los latidos de mi corazón se aceleraron. Las ganas de besarle crecieron en mi interior, pero no podía hacerlo. Intenté encontrar un consentimiento en su mirada, pero no lo encontré. Ni tampoco una negación. Eché un vistazo rápido a la habitación, como queriendo cerciorarme de que nadie nos observaba, y después, presioné mis labios contra los suyos. Casi al instante, me arrepentí, pues Michael no hizo movimiento alguno, ni contestó al beso. Pero cuando comencé a alejarme, me rodeó con sus brazos, tumbándome de nuevo en el sofá. Me apartó el pelo de la cara, y volvió a besarme, pero en esta ocasión, con más pasión de la que había recordado en mucho tiempo. Sentí como hervía la sangre bajo mi piel, elevando así mi temperatura corporal. Cerré los ojos, obligándome a respirar, a mantener la calma, pero era imposible...y más aún cuando Michael comenzó a darme pequeños besos por el cuello, siempre de aquel modo tan dulce pero a la vez pasional. Emití un leve gemido, a causa de la excitación que él estaba haciendo aflorar en mí, y entonces...se separó de mí. Esbozó una sonrisa y se levantó del sofá.

-Lo siento. ¿Qué quieres desayunar?

__________________
Chicas, muchísimas gracias por el apoyo del otro día. Entre todas conseguisteis sacarme una sonrisa, y no sabéis cuando lo necesitaba.
No sé que haría sin vosotras, de verdad :)

Por cierto...si alguna tiene dudas sobre la historia, sobre su desarrollo, o simplemente le apetece charlar un rato, aquí os dejo mi Msn :D
suzu_cb_90@hotmail.com

Un besazo, y miles de graciaas :)

sábado, 19 de junio de 2010

Capítulo 59.


Me ruboricé hasta límites insospechados. Miré a Michael de reojo. Mostraba una sonrisa torcida. Parecía divertirle aquello.

-Yo...bueno...yo...-tartamudeé. ¿Desde cuando se me había olvidado hablar en su presencia? ¿Por qué sentía como si me hubiera vuelto idiota?.

-¿Sí...?-preguntó él.

Recortó la distancia entre nosotros. Tenía los labios entreabiertos, por lo que podía percibir su dulce y frío aliento en mi rostro. Michael no desvió sus ojos de los míos, los cuales ejercían un extraño magnetismo en mí, que me obligaban a a seguir mirándole. Mordió su labio inferior, de ese modo que me hacía perder la cabeza, e hizo ademán de besarme. Como si de un resorte se tratara, me alejé rápidamente, respirando con dificultad. Si seguía así, me iba a costar mucho más de lo previsto guardar las formas y ser esa amiga perfecta que él quería que fuera.Le lancé una mirada envenenada. Él, en cambio, sonreía burlón.

-No le veo la gracia- comenté.

-Yo tampoco.

-Pues no lo parece.

-Sólo quería hacerte ver por qué deberías trabajar conmigo.

-No parece esa la mejor forma.

Michael soltó una carcajada.

-¿Lo dices en serio?

Resoplé. Él siempre había tenido esa capacidad innata para hacerme sentir idiota, pero sobre todo, para enfadarme. Me levanté de la silla y rodeé la mesa para marcharme. Su mano aferró la mía con agilidad. Sólo ese roce provocó que me estremeciera.

-No te vayas- pidió.

-¿Ah, no? ¿y por qué debería de quedarme, Michael? ¿para que digas que no podemos ser otra cosa que amigos y luego te comportes así conmigo...?

-Tienes razón. Perdóname.

No tenía intención alguna de hacerlo, pero al verle curvar las comisuras de sus labios hacia abajo, y al escuchar esa voz lastimera, no pude evitarlo. Aquello podría derretirle el corazón a cualquiera.Miré el reloj. Las 5. No quería, pero el cansancio comenzó a hacer acto de presencia.

-Michael, lo siento...pero estoy agotada. Ha sido un día muy intenso.

-¿Quieres que te acerque a casa?

-No, estoy bien. Iré caminando.

Puede que Michael me hubiese dejado marchar si no me hubiese tambaleado al caminar un par de pasos. Me sostuvo la mano, evitando que me cayera al suelo.

-Vives lejos de aquí...quédate a dormir en Neverland.

El sopor se esfumó de golpe

-¿Cómo me voy a quedar a dormir en Neverland, Michael? ¿Y Lisa?
Lo meditó unos instantes.

-Tienes razón.

Suspiré tranquila y dejé que me llevara hacia su limusina. Me senté a un lado e intenté acomodarme entre el asiento y la puerta. Escuché a Michael reírse.

-Ven, anda.Lo miré un par de segundos.

-No sé si...

-¿No quieres? Como antaño...¿lo recuerdas?

Sí...claro que lo recordaba. Largas noches abrazada a él, apoyando mi cabeza en su pecho, mientras él me cantaba dulces canciones al oído.No le respondí. Me deslicé a su lado y me apoyé en él. Ese contacto trajo consigo miles de recuerdos, miles de momentos que añoraba. Michael me rodeó con uno de sus brazos, y besó mi pelo con suavidad. Ese era el Michael que extrañaba, el Michael que pensé que nunca iba a volver a ver...MI Michael.

-¿Quieres que te cante?

-Sí.-Te voy a cantar una canción que aún no ha sido publicada. Pero que cuando la escribí...sólo podía pensar en tí. En mi campanilla.

Asentí, y escuché como entonaba "you are not alone". La dulce melodía me guió suavemente durante todo el trayecto, hasta que me abandoné a la inconsciencia del sueño.